Luisa, la tabla periódica y yo
Mayo 6, 2008
Llega un momento en que todo el mundo se parece entre sí. Suele sucederte si has conocido a muchas personas o si, por el contrario, has conocido a pocas pero te has molestado en hacerlo de verdad. Todos estamos cortados por un puñado de patrones. Diez, cien, mil: da lo mismo. El caso es que, más allá de ese número finito de moldes, es imposible romper ninguno más.
Creo que hay una explicación científica para todo este asunto. Hace tiempo, conocí a una profesora de química que se llamaba Luisa. Siempre tratábamos de encontrar explicaciones científicas para toda clase de asuntos. Uno se sentía tranquilo junto a ella. Hacíamos el amor, bebíamos gin-tonics y me explicaba la tabla periódica de los elementos describiendo pequeños círculos con la punta de su dedo sobre las sábanas.
Yo escuchaba todo aquello con bastante interés, en parte porque siempre he sido una nulidad en Ciencias, en parte porque nunca habían conocido a nadie a quien le diera por explicarle a su pareja la tabla periódica después de folletear. Creo que ella tampoco había conocido nunca a nadie dispuesto a tal cosa, así que lo nuestro duró bastante tiempo. Éramos felices. Y encima, a los dos nos gustaba privar cantidad.
Poco a poco, fui conociendo más cosas de Luisa. Siempre vestía de negro. Le gustaba la música de los ochenta y el gel de baño de la línea Aromaterapia. Vivía con gente, pero siempre estaba sola. Tenía la desgracia de ser demasiado inteligente. Era insegura. Se desvivía por ayudarte, aun en las cosas más nimias. Necesitaba seguir sintiéndose una niña. Lo único que le pedía a la vida era ser moderadamente feliz, pero jamás encontró una manera científica de alcanzar semejante y descabellada meta. Tomaba bastante Orfidal.
La quería, la quería de verdad. Así que no entiendo porqué demonios decidí, un día de esos de primavera en que la atmósfera está cargada de iones y estamos todos un poco gilipollas, darle un beso en la puerta de su casa y no volver a cogerle el teléfono más.
Creo que comenzaba a recordarme a muchas personas. Entre ellas, a mí mismo.
Y ésa es la peor persona a la que alguien me puede recordar.
Escribe un comentario